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Entrevista Rolando Martiñá

¿Cómo fue que surgió la idea de escribir este libro?

La idea de escribir por primera vez una novela (ese es el caso, ya que antes había escrito sobre todo ensayos referidos a mis otras profesiones: educación y psicología), surgió, luego de algunos intentos más o menos fallidos, de una necesidad vivencial de dar testimonio de una generación argentina que vivió la tercera década de su vida, durante los años 60.

La idea no era escribir una “novela histórica”, ni mucho menos “explicar” esa historia que yo y otros muchos habíamos vivido. Más bien, mostrar en la diversidad humana y en sus paradojas y sus contradicciones, como cada uno trata de encontrarle un sentido al tiempo que le tocó vivir. Sobre todo, a través de un sentimiento que en sus diversas manifestaciones, nos atraviesa a los humanos permanentemente: el amor.

¿Llevó mucho tiempo el armado de la obra y cómo fue el proceso de creación?

El armado de la obra fue en tres etapas, que curiosamente (o no), se corresponde aproximadamente a las tres partes del libro “El viaje”, “Los laberintos”, “Los destinos”. Comencé a escribirlo en los años en que comienza el relato (1998/99), en parte motivado por una de las recurrentes crisis nacionales. Los efectos de esa crisis influyeron para interrumpirlo y retomarlo entre el 2003/04. Fue finalizado, con irregularidades, unos años después. Y publicado bastante después (2018), al punto de que mientras decantaba, escribí y publiqué dos libros de cuentos: La paciente impaciente (2009) y Cuentos de todos los amores (2016).

¿Qué cosa o que sensación has sentido cuando terminaste de escribirlo?

Una vez colocado el punto final sentí en principio un gran alivio. También me asaltaron dudas acerca de si había podido conservar durante todo ese tiempo el estilo y el tono de la escritura, el carácter de los personajes y la coherencia interna de la historia. Y algo que supongo debe ocurrirles a muchos colegas, si estaba bien puesto ese punto, en tiempo y lugar.

Básicamente y sin contarnos el final de la historia, ¿qué nos cuenta el libro?

La historia que relata Fin de siglo es, en el nivel más visible, la de dos amigos que cumplen 50 años en 1998 y deciden celebrarlo juntos en París. Porque habían estado separados muchos años después de los “dorados sesenta” y porque en París podían, de paso, rememorar el “mayo francés del 68”, uno de los tantos temas sobre los que no coincidían, o lo hacían con reparos. Además de que cada uno de ellos tenía objetivos propios ignorados por el otro, diversas circunstancias influyeron para que el viaje fuera más accidentado de lo que esperaban y culminara de un modo no previsto. Según se mire, es un viaje de reencuentro o de ratificación de un desencuentro. O viceversa. 

¿Cuál fue el mayor desafío, al momento de empezar a armar las distintas partes de la historia?

No sé si el mayor, pero uno de los desafíos fue el de no dejarme tentar por una connotación demasiado autobiográfica, intimista y autorreferente, aunque como suele pasar, algo de eso hay. Como, por otra parte, en muchísimas obras literarias. El otro, que tenía creo más controlado, fue el de que no tuviera un carácter reivindicatorio, pretensioso o panfletario en ningún sentido. Como suelo decir: “Los escritores contamos historias, no explicamos “La Historia””. Aunque, de todos modos, el contexto en que los hechos habían ocurrido y el de cuando son relatados, no puede dejar de estar presente y ofrecer un marco de significados y resonancias.

Contanos un poco cuáles fueron tus primeros pasos como a la escritor/a

Mis primeros pasos como escritor fueron en la escuela primaria. Fui muy precoz para leer y escribir, y cierta vez en tercer grado (cuarto actual) ante la necesidad de escribir una composición de tema libre, relaté de un modo espontáneo y bastante gracioso una anécdota familiar que habíamos protagonizado con mi querido abuelo. La repercusión en la escuela y en casa fue muy grande y gratificante, y ofició, creo, como señal de largada de una actividad que me acompañaría de por vida. También relacionado con mi abuelo, pero esta vez por su triste pérdida, escribí mis primeros poemas, poco tiempo después. Durante mi paso por la secundaria, el Normal Mariano Acosta, ocurrieron dos  hechos significativos: mi cuento, El solitario, obtuvo en la primavera de 1957 un premio en el certamen literario que se realizaba anualmente. Y el mismo año me introduje por primera vez en el mundo de las “grandes letras”, al leer de prestado La caída, de A. Camus, que había ganado el Premio Nobel ese mismo año. ¿Coincidencia, destino, milagro? Algo pasó ahí.

¿Cómo está conformada tu biblioteca? ¿Cuáles son tus autores predilectos?

Mi biblioteca es bastante heterogénea, pero no carece de cierto orden: más o menos agrupadas están las obras que más leí durante el período 1980/90, en el que me dediqué profesionalmente a tareas educativas y psicológicas, estas últimas, aplicadas a la educación o a la práctica de la psicoterapia. Allí se encuentran Piaget, Wallon, Gardner, Watzlawick, Ricoeur, Morin, Mahoney, Fernández Álvarez, Freud, Jung, Frankl, etc. Hay un sector de ensayos de tipo general, entre la filosofía y la historia: Savater, Duby, Ghiglieri, Harari, Pascal, Martínez Estrada, Sarmiento, Cyrulnik, etc. Y luego, caramelos surtidos, principalmente literarios: Dostoievsky, Sartre, Borges, Kundera, Cortázar, Fray Luis de León, Juarroz, Arlt, Neruda, Vargas Llosa, Bernárdez, García Márquez, etc. Si tengo que destacar mis preferidos, nombraría por orden de aparición Camus, Cortázar, Borges, Kundera y R. “El negro” Fontanarrosa, más famoso como humorista, pero a mi juicio gran escritor de cuentos. Una mención especial para Irving Yalom, autor de El día que Nietzsche lloró, y otras obras, cuya lectura influyó mucho para reconocer la gran ligazón entre la práctica de la psicoterapia y la construcción de obras narrativas. Como Camus en su momento, Yalom me hizo decir en medio de la oscuridad de la gruta: “Acá hay una luz”.

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