Entrevista a Natalia Lippmann Mazzaglia

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Entrevista a Natalia Lippmann Mazzaglia
¿Cómo fue ese
momento que te convocaron para ser parte del elenco?
Yo estaba
transitando un momento muy especial. Hacía pocos días que me había enterado que
estaba embarazada y al mismo momento me convocaron para la obra. Fue raro, no
sabía cómo me iba a sentir, si iba a tener cuerpo y cabeza para asumir el rol y
fue un momento desafiante. Cuando tantos testimonios de mujeres me decían que
la maternidad implica resignar proyectos, yo estaba ante la posibilidad de
emprender uno. Siempre amé el teatro y diversas cuestiones de la vida
postergaron la posibilidad de subirme a un escenario, pero en el momento en que
la posibilidad concreta llegaba, llegaba también la noticia del bebé. El autor
y director de la obra me dijo que era posible adaptar la panza al personaje,
así que no lo dudé y estrené los dos roles más hermosos de la vida simultáneamente…
un privilegio.

¿llevo mucho
tiempo el armado de la obra?
Tiempo, esfuerzo
y amor. Todas y todos maduramos en el personaje y en los vínculos hasta
comprenderlos y sentir a esta familia loca para que pudiera existir, eso no
ocurre de un día para el otro. El teatro independiente es un trabajo que además
exige tener un trabajo y eso suele pesar, a veces implica resignar momentos y
espacios muy preciados… se trata de elegirlo cada día hasta que un día sentís
el calor de las luces sobre el cuerpo y el sonido de la madera bajo los pies y
después sonreís porque todo valió la pena.
¿Qué cosa o que
sensación has sentido cuando termino el ensayo general o primera función?
Cuando terminó la
primera función sentí algo que no había sentido nunca, al menos en esta
dimensión. Pasó que (me imagino que por los nervios del estreno) hubo un par de
“tropiezos” con la letra. Y todas las individualidades de quienes estábamos ahí
quedaron de lado. Hubo una complicidad tácita inmediata que se sentía en las
miradas y causaba alivio. Una solidaridad humana que hace desear que el mundo
sea un escenario. Después hubo oportunidad de charlar y ajustar todo, pero eso
que surgió espontáneamente ahí arriba fue hermoso.
Básicamente y sin
contarnos el final de la historia ¿Qué nos cuenta la obra?
La obra deja
percibir mucho de lo bello y de lo trágico que tienen las familias. Como en ese
momento al final del año en que están todos juntos y todo confluye en pocas
horas, desde la superficialidad que interrumpe el encuentro hasta lo esencial
que te hace sentir otra vez en la infancia. Es una obra simple, con humor,
nostalgias y algunas complejidades… como todas las familias.
¿Cuál fue el
mayor desafío, al momento de empezar a armar el personaje?
Bueno, para
entonces ya había asumido que seríamos dos corazones latiendo en el rol de
Dolores así que, si bien la panza y todo lo que implica sentirse “habitada” es
un desafío para la vida, al momento de armar el personaje fue incorporar el
acento de española.
Siempre tuve una
fascinación por aprender acentos y lo considero una destreza. Pero componer un
personaje que tiene un acento es más complejo. Dolores es una mujer que dejó su
familia, su casa y su pueblo para rehacerse en otro y adoptó un acento
distinto. En ese sentido, era necesario pensar en qué sintió esa mujer,
desconocida, que la llevó a asimilarse en otra cultura al punto de adoptar el
acento como propio e identificarse con él. Qué se yo, es medio enroscado pero
sorpresivamente ese fue el mayor desafío.
No hay un género
que me guste o me disguste como tal. Creo que el teatro bien trabajado, con
compromiso y esfuerzo –como todo- puede sorprenderte siempre y puede ser apasionante
desde arriba o abajo del escenario. Vi de todo desde chica y probé bastante en
el proceso de aprendizaje que tránsito desde hace algunos años. Hay trabajos
deliciosos en todos los géneros y también hay los que no agradan para nada. El
teatro es maravilloso cuando llegás sin expectativas y te vas colmada de
emociones y pensamientos… risa, llanto, furia, criterio social, político,
etcétera. Todo eso es parte del compromiso con el teatro.

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