El Cofre

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El Cofre

Había un rey que estaba pasando por una crisis sin precedentes. En
otras situaciones había sufrido por dolencias del espíritu pero ahora ni
la danza de sus reinas, ni los bufones de Palacio, ni sus hijos le
daban motivos de alegría.
Una de sus reinas, la más joven, le dijo una noche:
Tu ánimo está oscuro y eso se refleja en tu rostro. Ya no sonríes ni
nos das afecto. Hemos hecho todo lo que esperabas, te hemos dado
descendencia; ¿qué más quieres que hagamos?
Aunque mi imperio se
extiende y todo está en orden – respondió el rey con voz débil – llevo
en mi pecho un dolor incomprensible.
Te hemos oído hablar sólo –
intervino otra de sus reinas – maldices, amenazas y juras, no sabemos a
quién. Hablas a las paredes. Y eso nos entristece.
Mi pobre rey –
volvió a tomar la palabra la más joven -no queremos verte así. Amira ha
viajado hasta las lejanas tierras de Shambhala y ha traído con ella a
dos sabios que pueden aconsejarte bien.
Está bien, pero ahora es tarde – dijo el rey – sólo quiero dormir, mañana temprano los atenderé.
Y partió el rey con sus reinas a la cámara donde dormía con ellas y
sus bebés. Al día siguiente, muy temprano, sus guardias le trajeron a
los dos sabios. Tenían los pómulos muy prominentes y los ojos hundidos,
eran delgados y altos. Sus aspecto era el de dos cadáveres. Los guardias
se retiraron con sus lanzas y salieron fuera de la estancia.
-¿Qué
es lo que te sucede, Alteza? – interpeló uno de los sabios con voz
apagada, misteriosa y susurrante. El rey lo miró con cierta suspicacia,
sobre todo por sus ojos negros y hundidos, pero como era tan grande su
tristeza, decidió abrirle el corazón.
Espero que sean tan sabios
como dice de ustedes Amira. El caso es que poseo un cofre que pertenecía
a mi abuelo quien lo heredó de su padre, mi bisabuelo, y éste de su
padre, mi tatarabuelo. He conocido por nuestras tradiciones que ellos
intentaron abrirlo y como no lo lograron echaron maldiciones sobre él.
El cofre ha llegado hasta nosotros y desde que lo vimos el temor nos ha
llevado a guardarlo en un lugar muy escondido del palacio. No obstante
la curiosidad me venció y llamé a dos maestros cerrajeros, los mejores
de este reino, sin duda ellos lo iban a abrir. La tarea fue ardua y
estuvieron golpeando todo el día hasta que a la tarde el candado cedió y
el cofre se abrió.
Entonces, mi rey, ¿qué había en el cofre? –
inquirió el sabio, mientras su compañero permanecía silencioso, con los
ojos fijos en el rey.

Nada, señor. Es lamentable, pero no
encontramos nada. Sólo yo olfateé un extraño hedor que salió del cofre
como una nube de humo que penetró en mis narices y fauces. Horrible
hediondez que irritó mi garganta por horas. Lo extraño es que ni el
Maese cerrajero, ni mis bufones, ni mis mujeres advirtieron esa fetidez.
“ Decidí encerrar nuevamente el cofre en la cripta y desde ese momento no lo he vuelto a ver.
No logramos ver el motivo de tu tristeza – declaró el sabio – Es un
simple cofre vacío que tus antepasados no pudieron abrir. En cambio tú,
con paciencia, lo haz logrado. Pero no me queda claro eso del olor que
percibiste.
Un olor repulsivo. Desde ese día no puedo controlar mis
pensamientos ni mis comportamientos aún cuando entiendo que son
excesivos.
Pues ¿a qué pensamientos te refieres? – cuestionó el sabio -.
Me avergüenza decirlo, pero tengo miedo de herir a mis mujeres, a mis hijos, a todo el que se me acerca – afirmó el rey – .
¿Acaso quieres herirlos? – dudó el sabio –
No, ¡por Dios!, pero esas ideas vienen a mi cabeza y, por más que luche
contra ellas, siguen allí infectando mi espíritu. Deseo causarles daño
bajo la razón de una justa venganza. Pero ni mis mujeres, ni mis hijos,
ni mis bufones me han injuriado. Yo he tomado como injuria cada cosa que
hacen aunque no sea tal. De ahí que a veces los trato cruelmente – El
rey se compungió al decir esto.
Los sabios se miraron e intercambiaron entre sí un gesto de inteligencia.
Déjanos pensar en esto hoy y mañana te diremos lo que pasa – propuso el sabio -.
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Al día siguiente el rey mandó llamar a los sabios pues estaba ansioso
por saber qué le dirían sobre su estado. El sabio que había hablado el
día anterior tomó la palabra mientras su compañero permanecía en
silencio.
Querido rey – anunció el sabio – hemos llegado a la
conclusión que toda tu ira tiene que ver con ese cofre. Lo haz abierto y
haz aspirado el humo de la ira de tus antepasados. Ellos creyeron que
actuaban con justicia al herir y matar, pero tú, a diferencia de ellos,
tienes un corazón grande y sabes que el daño que te contrista no ha sido
causado por tus mujeres, tus hijos o tus súbditos sino por ignorancia o
por pasión. No han elegido perjudicarte de propósito ni con malicia
cierta. Por lo menos eso es lo que esperamos.
Lo sé, lo sé – dijo el rey –
Antes de abrir el cofre no le dabas tanta importancia a lo que hacían
los tuyos, porque estabas seguro que eso no era con propósito de
menospreciarte. Sólo cuando el mal espíritu que perturbó a tus
antepasados ha entrado en ti es que haz comenzado a odiar.
No sé lo que debo hacer – afirmó abatido el rey – .
Hay remedios para la ira – observó el sabio – Lo primero que debes
hacer es deshacerte de ese cofre maldito. Escribe todos tus motivos de
ira, guárdalos en el cofre y luego pégale fuego. Que las cosas muertas
se vayan con los muertos. Tus ascendientes habrán tenido ya su
consecuencia.
“Para mitigar la ira lo mejor es despojarle al acto
cualquier intención de menosprecio. Tal vez no sea su intención
injuriarte. No des tanto lugar a la suspicacia, pues, si los motivos
reales eran la ignorancia y la pasión, eso debe moverte al perdón y no a
la ira. Busca entretenimientos y diversiones honestas y con templanza
para que se mitigue tu tristeza, además del sueño y los baños. Tómate
tiempo para contemplar la verdad y eso mitigará más que nada el dolor
que padeces. Por último, debes saber que tú eres frágil y eso mitigará
también tu ira.
Así lo hizo el rey y vivió feliz hasta su muerte. Había dado fin a esa historia de violencia.

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